Primos Lejanos

Todos los cerrojos de mi casa están echados, he bajado las persianas y sellado las ventanas. La radio está encendida, el canal de información 24 horas sintonizado en el televisor, el ordenador con batería suficiente por si la red se sobrecarga. Tengo agua y coca cola light para las próximas dos semanas y he comprado pasta y arroz para un encierro prolongado. Toda previsión es poca, hoy la prima de riesgo ha superado los 500 puntos.

He llamado a familiares y amigos, todos están sanos y salvos. Les he dicho cuánto les quiero y lo importantes que han sido en mi vida. Nos hemos despedido con la voz entrecortada y ese nudo en la garganta que provoca la incertidumbre. He declarado mis últimas voluntades y guardo en una bolsa de viaje los recuerdos de la infancia y documentos importantes. Una vida empaquetada y preparada para despeñarse ante el abismo.

Apenas podía creerlo cuando me he despertado. El Apocalipsis ha llegado sin señal alguna de la Parusía. Las noticias son inequívocas: la profecía se cumple en forma de hecatombe económica. El minuto 1 de todos los telediarios no ha dejado lugar a dudas: la prima bate un récord histórico, el diferencial con el bono alemán ha superado también el máximo de ayer, Grecia convoca nuevas elecciones, nuestros bonos son basura y Standard and Poor’s ha bajado la calificación del Banco Santader… ¡el Santander!

Todavía no he escuchado a los bombarderos pero imagino que estarán a punto de sobrevolar Madrid, no escucho el crepitar de los tanques sobre la Gran Vía pero deben estar a punto de llegar, no suena la sirena que marca el toque de queda pero espero oír pronto su estallido atronador… Porque la prima de riesgo ha subido y las noticias anuncian el principio del fin…

Han pasado horas desde el anuncio y tanto silencio me perturba, me inquieta…He decidido acercarme a la ventana y retirar con cuidado uno de los tablones de madera que me protegen del exterior. Un destello me ciega, entrecierro los ojos y poco a poco me acostumbro al brillo para conseguir abrirlos… vislumbro algo azul y blanco, algo brilla… Es el cielo y el sol radiante…Hay movimiento en la calle pero, para mi sorpresa, no son militares sino mis vecinos quienes caminan con su prisa habitual rumbo del trabajo, no hay tanques sino autobuses de línea, y suenan sirenas pero son las de una ambulancia con una mujer a punto de dar a luz…

Estoy desconcertada, vuelvo a leer las portadas de los periódicos, escucho de nuevo los titulares de la mañana…En efecto, el mundo se viene abajo… pero tras la ventana de mi habitación, la vida sigue… ¿La vida sigue? ¿Cómo es posible? ¿Estoy a salvo?

Será quizás que la prima de riesgo es algo más lejano de lo que me habían explicado…

Nota:  En la serie Primos Lejanos, Balki, de la isla griega -curiosa coincidencia- de Myopos, se instala en casa de su primo Larry en EEUU. Su llegada trastoca el mundo de Larry, pero al final…¡sobreviven!

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La Bella Easo

Nunca he leído a Proust. No sé si ha sido por falta de valor, motivación o tiempo (la excusa de los malos lectores) pero lo cierto es que nunca he leído a este genio de la literatura francesa. Sin embargo, recuerdo como si fuera ayer, aquella clase de literatura en la cual la profesora Monforte explico cómo Proust había revolucionado el tempus narrativo con una magdalena sumergida en una taza de té. Esa imagen me enganchó desde la primera vez que la oí, pude imaginar segundo a segundo las sensaciones que Proust debió experimentar al sumergir aquella magdalena y evocar así tantos momentos vividos…qué divino placer: revivir.

Desde entonces, ando atenta a cada gesto, cada movimiento que, de repente y sin darme apenas tiempo, me sacuda por dentro y me devuelva a ese instante que me gusta recordar una y otra vez. Me ato los cordones de los zapatos muy despacio para dejar que fluya desde mi subconsciente el momento en el que mi padre me enseñó a unir dos lazadas y una vuelta, rasgo el papel de regalo de los paquetes navideños con fruición para evocar tantos 6 de enero esperando que el deseado juguete apareciera tal y como yo había pedido…y escucho atenta esa canción para que el estribillo me lleve a aquel sábado noche con amigas, o aquel coche con mi hermana cantando a voz en grito, o aquella noche en la que nunca quise que saliera el sol…¡tócala otra vez, Sam! Mmmm… ¡qué divino placer el recordar! Es como hacerle una jugada a la vida, empeñada en ir hacia adelante, en hacer los días irreversibles… ¡vas tú y se la juegas! Con una pequeña artimaña, sumerges una magdalena, pones una canción, respiras un olor… ¡y vuelves al pasado! ¡Tachán! No hay quién te lo impida…

Así que, si me lo permiten, les aconsejo hoy que no pasen por alto este truco de buen vividor y anden atentos a cada señal para disfrutar, tantas veces quieran, de los buenos momentos vividos

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Zénquiu

Hay experiencias únicas en la vida… te marcan, se imprimen en tu retina, te hacen crecer, señalan un antes y un después en tu proceso vital. Eso es lo que me ocurrió el pasado lunes, en compañía de otras cinco personas a las que jamás podré volver a mirar del mismo modo. Éramos unos desconocidos cuando tomamos la decisión de asistir al punto de encuentro pero una vez allí, pasados sólo unos minutos, ya sabía que aquella experiencia nos uniría de por vida. Porque dos horas y media después, ya no éramos los mismos. Porque entre aquellas cuatro paredes nos vimos obligados a desnudar nuestras almas, a volver a la niñez, a reconocer nuestros defectos y nuestras debilidades, a sufrir nuestro pasado y temer nuestro futuro. Podíamos haberlo hecho mucho antes y quizás todo habría sido más sencillo, pero decidimos hacerlo cuando todos rondábamos ya los 30 años… quizás demasiado tarde, quizás cuando ya sentíamos que todo estaba perdido… cuando creímos que podríamos ser monolingües para el resto de nuestra vida.

Ese miedo, la sensación del último tren que se escapa frente a nosotros, es probablemente el que nos llevó a esa primera clase de inglés, una década después de dejar el instituto. Sabíamos las normas antes de entrar pero una vez allí no era tan sencillo cumplirlas. “Sólo en inglés” resonaba en mi cabeza como una pesadilla mientras intentaba enlazar las primeras frases con un hilo de voz que apenas yo misma conseguía escuchar. El resto de alumnos me siguieron… tartamudeábamos, casi gangosos cual Arévalo, las palabras se encallaban como en un vídeo de Youtube sin cargar… Tuve que ver a mis compañeros empequeñeciéndose en sus asientos, casi tratando de desaparecer,  mientras explicaban con parcos anglicismos qué motivos les habían llevado hasta allí. Como en “Juego de Niños”, algunos de mis compañeros se balanceaban en la silla mientras hilaban palabras con un sentido tan indescifrable que difícilmente alguien habría conseguido un Gallifante con ello. Como si Javier Sardà le hubiera propuesto a aquellos pequeños explicarnos el sentido de la fusión nuclear… Mientras, Steven, que nos miraba con sus azules ojos británicos, se mostraba impasible y no cedía ante el error, nos hacía repetir las frases hasta la saciedad, hasta que cobraran sentido… hasta que “climb”, por arte de magia, se convertía en /cláim/.

Despojados de toda dignidad tratamos de superar nuestros traumas como en una terapia grupal en la que todos reconocimos públicamente nuestro problema. Una batalla de la cual, sin duda alguna, saldremos victoriosos.

No quiero sin embargo, olvidar a quienes me permitieron vivir esa experiencia vital. Zurdos y diestros que se preocuparon en debatir salvedades mientras yo me convertía en monolingüe con un currículum ejemplar. Gracias a todos y todas quienes dirigieron las aulas de mi país en un perfecto español correcto con el que ahora puedo labrarme un futuro mejor…¡en la península! Porque más allá de los Pirineos, en lengua cervantina, la cosa está jodida.


Nota: Para quienes todavía no han vivido esta experiencia vital… “to climb up” (escalar, trepar) se pronuncia / tu cláim ap/

Hagamos un pacto

Inernet nos ha cambiado la vida…hasta límites insospechados.  La comunicación instantánea, el intercambio de datos o la multiplicación de mensajes no son, sin embargo, sus mayores logros…. Internet , señoras y señores, nos han cambiado “como personas”. Antes de entrar en la red vivíamos en un mundo de altibajos emocionales, con trabajos en los que alguna que otra vez odiábamos al jefe o al sueldo que nos paga, con días difíciles, con relaciones personales complejas…pero todo eso ha acabado cuando hemos entrado en… ¡las redes sociales! También conocido como el mundo de los Osos Amorosos. Ya saben, allá donde todos somos fotogénicos, donde acumulamos cientos de miles de amistades, donde siempre estamos haciendo algo interesante o excepcional, donde viajamos más que Willy Fog (y en mucho menos tiempo), donde nuestro currículum se engrosa hasta el infinito (y más allá), donde un curso de CCC resulta ser un doctorado, donde hacemos ejercicio a diario, donde las noches de fiesta son siempre trepidantes y con final feliz… En Internet somos otras personas… personas mucho mejores, ¡somos nuestro superlativo! Y eso, reconozcámoslo, es agotador.

Mostrar en todo momento lo mejor de nosotros mismos, maquillar nuestros defectos, aumentar nuestras virtudes e inventar nuevas hazañas, destrezas y habilidades…es extenuante.  Y ésta es la ardua tarea que se oculta tras las redes sociales. No lo advierte el contrato de alta pero, en el fondo, ése es nuestro principal cometido una vez ingresamos en ellas. Empezamos por la elección de la fotografía de perfil… ¿cuántas horas hay que dedicarle para escoger aquella en la que un@ aparece realmente atractiv@? ¡Vamos! ¡Si no nos reconocemos ni nosotros mismos! ¡Ese tipo no se parece en nada al que cada día vemos en el espejo! A partir de aquí, empieza una carrera de fondo: ocurrencias constantes en 140 caracteres, currículos brillantes, buen humor digital, ¡desenfreno social! Es como vivir en una primera cita constante…agotador.

Conseguir estar a la altura de las vivencias de la red resulta cansado y complejo, por ello les propongo un pacto: ¿Qué les parece si dejamos de alimentar a nuestro superlativo virtual? Simplemente podríamos reflejarnos en las redes sociales como “personas normales” con su insulsa cotidianeidad. Una pequeña dosis de sinceridad para el hombre/mujer, un gran descanso para la humanidad. 

Aplaude, Paolo

Siempre me han emocionado los aplausos. No importa si es una sala de teatro, un concierto o una conferencia, cuando el protagonista acaba su función y el público le aplaude al unísono, me emociono. La piel se me eriza y los ojos se me llenan de lágrimas, no lo puedo evitar. Al principio me parecía algo extraño, casi me avergonzaba, e incluso trataba de evitar que mis acompañantes se percataran de mi empatía hacia el aplaudido. Ahora, sin embargo, me gusta disfrutar de ese momento porque creo que el aplauso, como forma de alabar un trabajo bien hecho, es un privilegio. De hecho, creo que es un privilegio del que todos deberíamos disfrutar. En tiempos como éstos en los que la crisis nos hace caminar a diario por una cuerda floja, disfrutar de una recompensa sonora y entusiasta por nuestros logros me parece casi imprescindible. ¿Lo imaginan? Acabas un informativo, sales del estudio y tus compañeros en el pasillo te regalan un efusivo aplauso “Gran locución y mejor información, ¡bravo!”,  o en la frutería, pides dos quilos de manzanas y el dependiente escoge las más rojas y brillantes, al poner la bolsa en la báscula… ¡justo, 2 kg!, aplaudes al frutero con entusiasmo y le espetas  “Gran elección y mejor cálculo, ¡bravo!”. Al subir al metro vemos a alguien que cede su asiento a una anciana, quizás podríamos alabarlo con un “Eso es ciudadanía y educación, ¡bravo!”; y si al llegar a casa después de un  día duro, tu pareja te regala un momento de amor, estaría bien regalarle un “Buen trabajo chico, realmente placentero ¡bravo!”. Estoy convencida, algún que otro aplauso a lo largo del día nos ayudaría a mantener el equilibrio en la cuerda floja. Lo pondré a prueba, así que prepárense para recibir mis vítores allá donde dejen la huella de un trabajo bien hecho.

Nota: En la serie de dibujos animados Mofly, el soberbio Trombonetti (propietario de un circo) requería constantemente a su pobre ayudante Paolo para que aplaudiera cada una de sus brillantes ideas al grito de “¡Aplaude, Paolo!”

Todo es Prescindible

Tod@s tenemos algo que contar. Ésta es una de las frases estrella que repito sin cesar en los talleres para perder el miedo a hablar en público. Por suerte o por desgracia este pánico escénico tiende a desaparecer en la red, donde parece que tod@s hemos perdido el miedo a expresarnos ante los demás. Diría incluso que la sociedad se ha vuelto exhibicionista, y es que entre las aportaciones originales, divertidas, interesantes o didácticas, encontramos también una especie de diario personal colectivo. Gracias a esta falta de pudor comunicativo sabemos de la hora en la que la gente se levanta o acuesta, sabemos lo que ven en televisión, lo que comen, la última esquina que han girado, quién les acaba de llamar por teléfono o quién acaba de desaparecer de su lista de mejores amigos. Y es que todos tenemos algo que contar y, en Internet, cometemos la osadía de contarlo. Sin duda, mucha información y gran parte de ella totalmente prescindible. Tanto atrevimiento colectivo ha despertado mi pequeño ego interior y me ha animado a contar, yo también, cuanto me place. Quiero hacerlo, sin embargo, con total sinceridad, por eso inauguro mi blog con un importante anuncio:

            “Damas y caballeros, nada de lo que yo les explique aquí                                                                                                será imprescindible para sus vidas”

No descubriré grandes fórmulas matemáticas, no desvelaré el último romance de la prensa rosa (a lo sumo, alguna infidelidad de amigos de los que quiera deshacerme), no haré reflexiones socio-económicas que les ayuden a comprender la complicada coyuntura mundial… Nada de lo que yo les cuente cambiará sus vidas, intentará, como mucho, entretenerles durante apenas un par de minutos (nada fácil, por otro lado). Será una pequeña ventana más al mundo, una entre millones. Concretamente, la ventana de una buhardilla frente a las Torres Kio de Madrid.